Brotha Simon
Brotha
Simon llegó tan pronto como pudo, pero
ya la mayoría de la casa había sido consumida por las llamas. La rodeaba un
hilo de pescadores alumbrados por las estrellas y la candela, que se pasaban
baldados de agua de mar para apagar el fuego, y así, con cada movimiento, las
llamas vibraban de nuevo en la sal del agua. Era una noche sin luna.
Llegó corriendo con la camisa abierta y la mochila
arhuaca terciada sobre el hombro a punto de caerse. Había perdido una sandalia
en el camino y no le importaba. Mariela, una negra de esas que demuestran que
Dios existe y es perverso, lo atajó antes de que se metiera a la casa en medio
de la desesperación.
–No, brotha. Espérese que ya los pelao’s se están
encargando –le dijo y lo apretó entre sus pechos grandes como sandías. Y a
Simón, desesperado, no le quedó de otra que dejarse estrujar y romper en
llanto.
Todos, Simón, Mariela, los pescadores, todos sabían por
qué le habían quemado la casa. No quién, pero todos tenían claro que se la
habían quemado por brujo. Lo que no sabían era que la desesperación de Simón no
era por perder la casa ni los muebles ni la ropa. Algunos pescadores asumían
que debía estar desesperado por perder sus herramientas de brujería, pero no
era eso. A él no le interesaba la magia negra y las dos o tres cosas que usaba
habitualmente (hojas de tabaco, palosanto, mambe de coca) podían reemplazarse
viajando a la Sierra Nevada de Santa Marta. Simón estaba enloquecido por el dolor de perder lo que quedaba de cuando
organizó el Primer Congreso Mundial de Brujería, allá por 1975.
Ahora que se sentía morir sentado en la arena, recordó la
muerte por la que se metió en toda la locura de juntar brujos y artistas de
todos los continentes, “A la sombra de lo diferente con amor y asombro”, como
decían las invitaciones del congreso.
Por aquel entonces no vivía en Providencia, sino en
Bogotá. Tenía una agencia de viajes y la oficina más extraña que se haya visto.
En el piso quince del edificio Tequendama, había acomodado un escritorio de
madera con una máquina de escribir Olivetti, un tapete rojo de lana de chivo
donde ponía una silla para visitantes y, después del tapete, un árbol frondoso
sembrado en una bañera. El árbol llegaba hasta el techo de la oficina y las
ramas se extendían a los lados como si reptaran sobre el yeso, llevándole la
contraria a la gravedad. El árbol era importante porque era el hogar de dos
docenas de canarios que se reprodujeron ahí dentro, haciéndose nidos con hilos
sacados del tapete de chivo. De modo que el árbol de la oficina estaba coronado
por quince nidos rojos del tamaño de un puño.
Los canarios, decía Simón, trabajaban ahí con él. No eran
canarios de mina, sino de oficina, pero cumplían con la misma labor: olerse lo
que estuviera raro a tiempo para que Simón salvara el pellejo. Simón recibía a
quien fuera, esperaba a que se sentara, se demoraba unos segundos (a veces
mientras ofrecía un vaso con agua) y observaba la reacción de los canarios. Si
se quedaban tranquilos, cantando y revoloteando por ahí, el personaje tenía
limpia el aura, había pasado la prueba... Cuando no, cuando todos los canarios
se resguardaban en los nidos y callaban temiendo por sus vidas, Simón buscaba
cómo despacharlo rápidamente. Una vez llegó alguien tan detestado que uno de
los pajaritos se le cagó en la cabeza. Cuando Simón vio eso, le respondió para
consolarlo que por fortuna las vacas no volaban y que lo lamentaba mucho, pero
acababa de recordar otra cita y se tenía que ir. Recibió los documentos que el
tipo le traía y tan pronto él se fue, los botó a la caneca. Una semana más
tarde salió en las noticias que era un malandro, que las autoridades lo estaban
buscando por narcotráfico. Al parecer, se había escapado a Panamá.
El canario que salvó la patria fue uno completamente
amarillo, llamado Simón. Era su favorito. Simón, el canario, era un perro, y
por eso lo amaba. Aparte de tener olfato para los malparidos, era un buenavida
y se cogía a todas las pajaritas de la oficina. Más de una vez le había
interrumpido una reunión al humano con el alboroto que armaba. De todos los canarios que tuvo, Simón
fue el que dejó más crías. El humano, por su parte, se casó y divorció un par
de veces, pero nunca tuvo hijos. «Los tuve en cuerpo ajeno, emplumado», decía
cuando alguien preguntaba.
Una mañana Simón llegó a trabajar y se encontró a Simón
muerto sobre el escritorio. Lo tomó
entre las manos, largas como raquetas, y lo acarició despacio. Ya estaba frío.
Con los ojos aguados, le susurró algo al oído y luego lo acercó al suyo para
escucharlo.
–Me dijo que la vida es un suspiro –le contó a Mariela,
sentados en la arena mientras esperaban a que acabaran de apagarse las llamas–.
Que la vida es un suspiro y tenemos que amarla rabiosamente, amar sus
maravillas, la magia, las cosas que no entendemos. Dejar las tonterías del
dinero y el poder, y enseñarle a la humanidad que somos la misma joda y por eso
tenemos que amarnos unos a otros. Es que sin amor todos somos asesinos. Ahí fue
que decidí hacer el congreso de brujería. Para honrar su memoria.
Simón no era ningún tonto. Por muchas instrucciones que
le hubiera dejado el canario en su escritorio de muerte, instándolo a dejar de
pensar en el dinero, igual se quedó con la agencia de viajes. Para calmar el
espíritu de su tocayo, decidió que la usaría para traer eminencias de todas
partes. Así, con el poder reunido de todos los brujos y brujas más poderosos y
dulces del mundo, convertiría Bogotá en un gigantesco centro energético que
irradiaría amor al resto del país.
Lo primero que hizo fue escribirle al taita con que
tomaba yagé, pidiéndole ayuda y preguntándole a quién más le podía recomendar.
Lo siguiente fue un mapa de las tradiciones mágicas y espirituales que conocía:
los Arhuacos, María Lionza, el candomblé, el vudú, el yoga, la acupuntura, la
lectura del aura, del tabaco, del café, de la palma de la mano y el cuncho del
chocolate, los cantos de alabaos del Pacífico, la pomada de culebra y el reiki.
Levantó la mirada porque un canario se cagó encima de la hoja y al buscarlo con
la vista vio los libros que tenía en la oficina. Siguió la lista, tenían que
estar la literatura, el cine y el arte. Proyectaría películas de Fellini, El
gabinete del doctor Caligari, invitaría a García Márquez, Ernesto Sábato,
Clarice Lispector, Antonioni, Alejandro Obregón y quien se le fuera cruzando
por el camino y, claro, tenía que invitar a don Carlos Castaneda.
Don Juan, el brujo chicano del que Castaneda aprendió las
artes de la adivinanza, la transfiguración, la sanación y la lucha contra las
fuerzas oscuras, probablemente ya hubiera muerto, pero tal vez a Castaneda sí
pudiera encontrarlo o a algún otro aprendiz de Don Juan.
–Y entonces me fui a Estados Unidos, a ver a quién
encontraba –siguió relatándole Simón a Mariela mientras comían pescado frito en
la casa de ella, agotados–. Me fui a una ciudad que se llama Santa Fe, cerca de
México. Empecé a caminar, a preguntarle a la gente dónde podía encontrar un
médico indígena; a los que me daban confianza les hablaba directamente de
brujería. Finalmente me mandaron donde uno. No era Don Juan ni Castaneda, otro.
Tenía los zapatos rotos, pero no era ningún miserable. Es que andaba descalzo
interiormente, desnudo de espíritu. Tenía los zapatos rotos y la mirada limpia.
Le conté toda la historia: Simón el canario, el árbol en la bañera, el
congreso. Mientras más hablábamos, más ganas tenía de que viniera a Bogotá,
pero se negó. Cuando le pregunté por qué, sólo me dijo que «la simplicidad es
el camino de lo maravilloso». Desde entonces, cuando me imagino a Dios, lo veo
descalzo. No sé nada más de Él salvo que no tiene zapatos. A la muerte tampoco
se los siento. Creo que es bella e inapelable. No hay que temerle ni alegrarse,
es natural, viene y va, como una muchacha morena caminando por la playa
desnuda, descalza.
–Bueno, brotha Simon, hora de dormirse –dijo Mariela,
recogiendo el plato de la mesa–. Por andar hablando así, hoy casi me lo vuelven
chicharrón de poeta. Le organicé una hamaca ahí en la sala. Mañana, con luz de
día, vamos a su casa a ver cuántas escobas y pelos de gato negro logramos
rescatarle.
–Gracias, mi negra bella.
–Suave, brotha. No pasa nada. Vaya y se duerme.
Brotha Simon se quedó despierto casi hasta el amanecer y
toda la noche se revolcó en la hamaca como un pollo ensartado en la parrilla de
un asadero. Alternativamente pensaba en qué le estaría diciendo el brujo
descalzo ahora («Que deje ir los bienes materiales, que al final lo que perdí
fue pedazos de papel, pero ni las amistades ni los recuerdos. Que suelte todo y
abra los ojos a la maravilla del mundo que tengo en frente y no a lo que quedó
en el pasado») y se atormentaba intentando recordar las cartas que intercambió
con Gabo, las que le envió a Antonioni invitándolo a ser la figura central del
congreso para que diera una conferencia sobre cine y magia… Recordó la protesta
multitudinaria con gases lacrimógenos en que desencadenó todo cuando fue
evidente que Antonioni los había dejado con los tiquetes de avión comprados y
no iba a aparecer. Recordó también el cuento que Clarice Lispector leyó en el
congreso, «Una gallina»: nadie entendió un carajo y cuando terminó de leer casi
la acribillan a tomatazos. Le volvieron a la memoria los planos para el
ovnipuerto que planearon hacer y no sucedió y la sesión de telepatía de la
Laguna de Guatavita a California que hicieron y que la Rolling Stone cubrió en
simultáneo en los dos continentes. Recordó a Uri Geller doblando cucharas con
sus notables poderes mentales, el temor de los bogotanos de que el psíquico les
fuera a descuadrar los relojes, los vendedores ambulantes que vendieron
cucharas dobladas en los semáforos y las tiendas que tuvieron que colgar
letreros que decían «No hay más cucharas». Le volvieron a la memoria los aromas
del pabellón en que montaron los consultorios durante el congreso: los olores a
pachulí, a incienso, a marihuana, chocolate, café, tabaco, a cigarro de moxa;
los ruidos de la gente haciendo fila y protestando en los consultorios, los
gritos de los exorcizados, los tambores de los rituales haitianos, de los
bailarines de candomblé.
Echado en la hamaca, le dio mareo. Luego se quedó
dormido.
En la mañana se despertó roto de cansancio, como si
acabara de volver de una bacanal. La luz se colaba por la ventana de la sala.
Había llovido en algún momento de la noche y alcanzó a ver a lo lejos que
Mariela estaba caminando por la arena, recogiendo la mugre que el viento había
traído.
Se levantó y se asomó al marco de la puerta. El viento
soplaba, revolviendo la cabellera negra y rizada de Mariela. Con una mano ella
se recogía la falda casi hasta la altura del muslo y caminaba por la playa
tranquila, desnuda por dentro, descalza.
Ana María Enciso
Ana María Enciso Noguera es colombiana, su libro de poesía "(Silencio en flor)" ha sido publicado en Taller Blanco Ediciones y Fallidos Editores y ha publicado en revistas de poesía como Vallejo & Co., La Raíz Invertida y Otro Páramo. Sus artículos han sido publicados en El Espectador, Avianca en Revista, AL DÍA News y BELatina, entre otros.




¡Fabuloso cuento, me encantó! Yo también me acuerdo de cuando Uri Geller fue a Caracas y lo vimos en la TV. Después de eso doblar cucharas con la mente se convirtió en nuestra obsesión,jajaja
ResponderBorrarExcelente cuento, espero la novela de Ana Maria sobre esta gran historia
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