El regreso


In a dream, silently, she had come to him, her wasted body within its loose graveclothes giving off an odour of wax and rosewood, her breath, bent over him with mute secret words, a faint odour of wetted ashes.

 Her glazing eyes, staring out of death, to shake and bend my soul. On me alone.

                                                                                                                                                        James Joyce, Ulysses

 

 

Ya le habían dicho que la bisabuela Pestana vivía del otro lado del mar. Su papá  le explicó que irían a su casa porque estaba muy vieja y enferma. No le sorprendió que hubiera que pasar la noche en un avión para llegar hasta allí.

 

Quizás era una buena ocasión para descansar de las sombras que no la dejaban dormir tranquila con su oscuro y silencioso deambular por el apartamento en cuanto todos se dormían. Serían unas vacaciones lejos de las pesadillas diarias. Así que se preparó para el viaje con un entusiasmo inusual, muy distinto de la taciturnidad que la caracterizaba.

 

Se dijo que quizás la bisabuela también hablaba el mismo idioma incomprensible de las tías. ¿Querría la niña en ese viaje abandonar su obstinado silencio de todos los días y hablarle? Quizás en otro idioma se convertiría en una niña distinta, una que llevara zapatos blancos o rojos, como sus primas portuguesas, y no sus feas y pesadas botas negras ortopédicas. Una niña bonita.

 

El viaje en avión fue una fiesta. Había gente extraña que le sonreía y le daba dulces, y después de comer, un papelito mojado que olía fuerte como la colonia de su papá. Se preguntaba por qué le había tocado uno con olor a hombre: ¿no tenían colonia para niñas en el avión? ¿Ella y su hermana mayor eran las únicas niñas en ese vuelo? Como siempre, no le preguntó a nadie. Sus padres le dirían que por qué preguntaba estupideces; su hermana se burlaría de ella y le haría algún comentario hiriente, y todos la harían sentir rara y tonta. Además, no quería interrumpir el júbilo general: nadie dormía, y todos veían televisión en unos televisores chiquiticos colgados en el pasillo del avión. También ella estaba muy animada, y no se sentía tan sola como siempre a la hora de dormir.

 

Cuando se hizo de día, después de una noche que a la niña le pareció particularmente larga,  llegaron a esa casa de piedra, olorosa a pan, con una especie de pequeño granero a un costado y un patio techado de viñas, al que le seguía un terreno que decían que llegaba hasta una montaña. Comieron higos en un platico y a los niños también les dieron vino. No estaba el sol amarillo y quemante de Caracas, todo estaba iluminado de una tenue luz blanca. Hacía frío y una neblina permanente envolvía todas las cosas, desdibujándolas.

 

Quizás dormir aquí sea distinto, se dijo, aunque nadie le preguntara si prefería que dejaran alguna luz prendida durante la noche.

 

La oscuridad era absoluta cuando empezaron a sonar los cubiertos en la cocina. Nadie más los oía, nadie se despertaba. El sonido aumentaba y la casa parecía temblar, pero no hubo reacción de parte de los durmientes. La niña, aterrorizada, se arriesgó a despertar a su hermana, sacudiéndola. La hermana, tres años mayor, la miró, somnolienta y fastidiada.

 

—Yo no oigo nada. Serán los duendes esos tuyos que te persiguen. Qué se yo, anda a la cocina a ver.

—¡Pero yo no sé qué es un duende! ¡Las de la casa son sombras y no revuelven los cubiertos así!

—Lo que sea, me da igual. Para mí son duendes. Déjame tranquila.

 

Y se volvió a sumergir en el sueño, con esa gracia incomprensible de nadadora que la niña chiquita, que sentía que se ahogaría en él como en un mar sin fondo, siempre le había envidiado.

 

La niña se quedó sola de nuevo en ese mundo nocturno en el que sólo existían la oscuridad, la familia durmiente, cual muñecos de cera inaccesibles, unos entes sobrenaturales que le producían terror, y ella. La situación era particularmente desesperada, pero ya había aprendido a no despertar a sus padres. La última vez que les habló de las sombras, su mamá la llevó a una clínica y le pegaron unos cables por todo el pelo con una plastilina gris. Después los adultos cuchicheaban entre ellos y la miraban. No: ella iba a lidiar con esto solita, como hacía en Caracas.

 

De ninguna manera iba a caminar hasta la cocina. La casa era grande y tenía muchos pasillos que aún no conocía: le parecía un laberinto. El cuarto en el que dormía con su hermana quedaba en una zona de la casa donde estaban todos los cuartos para dormir y podía despertar a algún adulto. Además, ¿y si llegaba hasta la cocina y veía a los causantes del alboroto? Se moriría de miedo. Ya las calladas sombras que se paseaban por el apartamento en Caracas le habían ocasionado suficientes problemas. Sólo necesitaba hablarse a sí misma y encontrar una explicación que le permitiera sobrevivir la noche extranjera.

 

Se dijo: Así que aquí no hay sombras como en Caracas. Las sombras no hacen ruido. Mi hermana, que ya tiene siete años y lo sabe todo dice que estos son duendes. En todo caso, aquí tampoco dormiré.

 

De día aprendió a no pensar en los duendes y se iba a jugar con sus primos y primas en el patio. Pero todos preferían jugar con su hermana, porque eran grandes, como ella. Así que no le quedaba más remedio que sentarse al lado de la bisabuela enferma.  

 

La bisabuela Pestana iba vestida como las viudas portuguesas: toda de negro, con una mantilla amarrada bajo el mentón. Nunca hablaba, no era una bisabuela cuentacuentos. Estaba siempre sentada afuera, en una silla verde, en el patio de las viñas, oyendo hablar a la familia y viendo a los niños jugar. Para la niña, no era tan malo sentarse al lado de un adulto y poder estar tranquila y callada, sin que nadie la criticara.

 

A causa de su silencio obstinado, la niña tenía fama de malhumorada. Gente extraña en Caracas solía pellizcarle las mejillas y decirle, “¡Sonríe, chica!”. Pero se estaba bien en casa de la bisabuela, sentada a su lado, en su reino del silencio. Nunca se miraban; se sentaban así, una al lado de la otra. En esos momentos, la bisabuela sonreía y se le veían las encías desdentadas.

 

Sin embargo, a la niña le empezaron unos accesos de violencia injustificada. Sí es verdad que no era sociable y que la falta de sueño le afectaba el humor, pero hasta entonces había sido una niña inofensiva, no dada a manifestación física alguna de su constante malestar interior.

 

Una vez que era ella quien no tenía ganas de jugar y uno de sus primos insistía, le cruzó la cara con una rama delgada y flexible. No se dio cuenta de lo que había hecho hasta que le vio la marca roja en la mejilla blanquísima. Él lloraba, pero ella no pudo llorar ni pedirle perdón, aunque se sintiera desgraciada. Al mismo tiempo, sentía un placer secreto al haber hecho llorar a un niño más grande. Qué raro, pensó. Me siento triste y eufórica a la vez. Por fin podía usar esa palabra esdrújula y difícil, “eufórica”, que le oía decir a su mamá, gesticulando.

 

Un día su papá le dijo que habría una fiesta. A la niña no le gustaban las fiestas con piñatas, porque le daba miedo meterse a pelear por los caramelos y los jugueticos con los otros niños una vez que eran derribadas. Prefería describir un lento círculo, caminando alrededor de la masa informe de niños, y recoger todo lo que se despedía radialmente desde el centro del montículo.

 

Pero en la casa de la bisabuela no parecía haber una piñata. Los adultos habían desaparecido. Los había visto caminar hacia el terreno más allá del patio de las viñas, hacia la montaña, adonde los niños nunca iban porque allí tenían a los animales y no se podía jugar.

 

De repente se oyeron a lo lejos unos chillidos espantosos. La niña estaba en el cuarto, sola. Vio por la ventana a los otros niños y su hermana jugando afuera, indiferentes. La niña parecía la única sorprendida por los chillidos. Como siempre, todos comprendían y sabían  algo que ella no, y nadie venía a explicarle nada. Ya su hermana hablaba el idioma de las tías y podía preguntarle todo a los primos, y le fastidiaba hablar con la niña, que igual nunca contestaba y para colmo no entendía a nadie. Aunque se tapara los oídos, los chillidos parecían no terminar nunca. Podía sentirlos en el vientre, que le dolía al oírlos, como si estuviera enferma. Eran como los gritos de un niño, pero con un sonido áspero agregado, como los cauchos de un carro que frena de repente, o la tiza nueva que chirría sobre el pizarrón del balcón del apartamento en Caracas.


Por fin los chillidos cesaron. La niña escuchó voces. Sonaban cercanas. ¿Habrían vuelto ya su papá y sus tíos? Lentamente, una humareda se elevaba desde el terreno que seguía al patio. El olor a paja quemada llegaba hasta la casa, pero el humo no.

 

La niña salió. Habían puesto sillas afuera, cerca de la puerta del granero, que por primera vez estaba abierta de par en par, y al lado de la cual, en su silla verde, habían sentado a la bisabuela Pestana.

 

El patio comenzó a bullir de gente. Estaba no sólo toda su familia, sino también unos vecinos, y otros niños que no había visto antes. Así que esta es la fiesta, pensó la niña. Ya empieza.

 

Por fin vio acercarse un grupo de hombres, cargando entre todos algo pesado que tenían amarrado en unos travesaños que llevaban en los hombros. Al llegar cerca del granero, lo depositaron sobre un montón de heno, extendido sobre el suelo, como una colcha.

 

Muchos adultos se acercaron a ver, y todos los niños. Era un cochino. No se movía, estaba todo negro y le habían amarrado las patas entre sí, las traseras separadas de las delanteras. Los tíos sacaron los travesaños de entre sus patas y llamaron a los niños para que se acercaran. Les dieron a todos unas hojillas de afeitar para que pelaran la piel quemada del cochino. A la niña también le dieron una.

 

La piel negra era más bien una cáscara, que, al arrancarla con la hojilla, dejaba ver una piel muy rosada. Los niños estaban febriles. Ahora la niña entendía todo. Los adultos habían matado el cochino a palos, lo habían quemado por fuera y los niños podían disputarse la piel negra. El cochino era una piñata viva.

 

Cuando el cochino quedó todo liso, como recién afeitado, se lo llevaron al granero. Todos entraron. No había luz eléctrica: la única iluminación era la que penetraba, cual difusos sables blancos de sol, por la puerta abierta de par en par, y por las grandes ventanas. Estaba muy animado: había hombres, mujeres y niños, conocidos y desconocidos. De pronto, como si empezara un espectáculo, la atención de todos se dirigió hacia el centro del granero.

 

La niña vio cómo levantaban al cochino por las patas traseras, amarradas entre sí. Luego lo colgaron cabeza abajo de una cadena que pasaba por una viga del techo. Parecía una enorme sombra larga y blanca, como un fantasma gigantesco. Lo abrieron de arriba a abajo con un cuchillo. Las tripas salían, hediondas a una mierda inverosímil que a nadie parecía molestarle. Al contrario, todo el mundo se veía muy contento. Los tíos vaciaban las tripas y las lavaban. La niña se quedó como embelesada ante el hedor y la visión del destace. Lo único que venía a su mente eran los esqueletos esos de la película de los argonautas, que salían de la tierra al lanzar unos dientes, armados y listos para matar.

 

Abrumada por la escena dantesca, la niña salió al patio. Ahora los niños estaban extasiados con un nido que habían encontrado. Adentro había dos pajaritos pelados, con unos pedacitos de cáscara azul manchada aún pegados de la piel rosada. Ella también quería sostenerlos, pero no la dejaron.

 

Fue a sentarse, brava, al lado de la bisabuela, al lado del marco de la puerta de ese lugar horrible adonde destripaban los cochinos.

 

La familia comentaba: “¡Mira cómo la niña quiere a la bisabuela Pestana! Siempre se sienta a su lado y la acompaña”.

 

Pero la niña no quería a nadie en ese momento. Un odio incontrolable crecía en su interior, como una mancha de tinta negra que se iba extendiendo desde su estómago hacia su garganta. Comenzó a sentir los brazos pesados. La savia espesa de la furia le palpitaba en las sienes. Cerró los ojos. Veía unos destellos blancos que parecían rayos diminutos, interrumpiendo el cielo rojizo de sus párpados cerrados.

 


Cuando los abrió, estaba lloviendo. Todos se habían ido. ¿Cuánto tiempo había pasado? Sentada en el escalón del cuarto de matar cochinos, miraba al piso. Lloraba, por primera vez desde su llegada a la casa de la bisabuela Pestana. La puerta estaba cerrada, y la niña tenía en ella recostada la baja espalda. La lluvia le mojaba el pelo recogido en dos crinejas, los hombros, el vestidito de corte en A. Tenía las piernas encogidas y estaba inclinada hacia adelante. El escalón no era muy alto, así que se encontraba casi en cuclillas. Veía sus propias pequeñas botas negras, brillantes bajo el agua, como si fueran de charol y no de ese cuero opaco tan feo del que tanto se burlaban sus primas, las de los zapatos blancos y rojos. Entre sus botas, bajo sus piernas flexionadas, con la cara entre las rodillas, miraba un pequeño amasijo informe de paja y sangre.

 

No sabía si eran gotas de lluvia o lágrimas lo que mojaba a los dos pajaritos estripados en el suelo. Por primera vez en su corta vida  hubiera querido echar el tiempo atrás, pero ¿cuándo había pasado esto? ¿Cómo saber a qué momento exacto regresar, uno donde los pichones aún estuvieran vivos, uno en el que ella no los hubiera pisado?

 

Desde ese día de la fiesta, quería regresar a Caracas. Tenía miedo de sí misma.  Había hecho algo horrible, no sabía cómo ni por qué. A los adultos no les pareció gran cosa. No importaba el tamaño de los animales: parecía que estaban ahí para que la gente los matara. Pero ella tenía la certeza física y punzante de que era algo malo e irreversible, y no podía dejar de sentirse profundamente dolida. No había juego ni comida que pudiera aliviarle  la náusea constante de la culpabilidad, clavada en su costado.

 

 

Por fin regresaron a Caracas. Después del interminable viaje de vuelta, la niña podía empezar de nuevo. En la carnicería vendían los cochinos ya muertos, el carnicero los cortaba en pedazos y los envolvía en un papel blanco que se manchaba de sangre. Nadie se peleaba por la cabeza o por quedarse con una oreja. En la cocina del apartamento no había duendes que revolvieran los cubiertos. Los pájaros cantaban, lejanos, en los árboles. Siguió viendo las sombras en las noches, pero comenzaron a parecerle amables en su negro silencio después de lo que había vivido donde la bisabuela Pestana. Comenzó a caminar por el apartamento a oscuras cuando todos dormían, para acercárseles. Acostumbró sus ojos a la oscuridad. Pero las sombras no querían ser sus amigas. En cuanto lograba alcanzarlas, desaparecían.

 

Comenzó a ir la escuela, que pronto aprendió a odiar. Antes esperaba con impaciencia el momento de empezar a estudiar y lloraba cuando su hermana iba a la escuela y ella no. Pensaba que una vez allí leería y escribiría todo el día. En cambio le exigían que jugara con los otros niños, a quienes sus mamás no les habían enseñado a leer antes de comenzar a ir a la escuela, como a ella. Ya que nunca hablaba y sus botas eran feas y pesadas y le impedían correr suficientemente rápido, nadie quería jugar con la niña. Pero eso no le interesaba. Ella prefería escaparse del salón de kínder y se iba a tratar de acariciar unos gatos grises salvajes que vivían en el jardín trasero de la escuela. Después de muchos días acercándoseles, centímetro a centímetro, deteniéndose cuando le gruñían y avanzando la mano hacia sus cabecitas, poco a poco, finalmente lograba tocarlos. El dolor de haber aplastado a los pichones fue disminuyendo, hasta el olvido.

 

La tranquilidad del haber vuelto a casa desde ese mundo extraño de la bisabuela rozaba el júbilo. ¿Sería esto la felicidad, esa palabra tan rara que había leído en un libro de la biblioteca de su mamá?

 

La salida de la escuela se convirtió en su hora favorita. Todos los niños estaban dispersos por el patio soleado y reinaba una alegre algarabía. No como a la hora de entrada, que se alineaban silenciosos antes de cantar el Himno Nacional. Los adultos que venían a recoger a los niños los esperaban en ese patio, al lado de una gran puerta verde, que sólo a la hora de salida permanecía abierta. Se les permitía entrar y sentarse en un murito bajo que lo bordeaba, el cual formaba una larga jardinera con las altas paredes exteriores de la escuela, las cuales del lado interior estaban pintadas de blanco.

 

La niña vivía muy cerca y podía regresar a su casa caminando sola, así que a ella nadie la esperaba en la puerta. Eso la hacía sentirse como una niña grande. Un día atravesó el patio y se dirigía a la puerta de salida. Se sentía orgullosa de no tener que buscar a nadie con los ojos en el grupo de padres y representantes sentados en el muro del patio. Pero repentinamente percibió en el cuadro un detalle discordante.

 

La niña se sintió perdida, como si la realidad estuviera hecha de los bloquecitos de madera pintados con los que jugaba y estos hubieran sido derribados por el golpe de una mano invisible. Creció en su estómago una náusea de extrañeza y familiaridad al mismo tiempo.

 

Contra la pared blanca, como si la hubieran recortado de una foto y la hubieran pegado ahí, sentada en el muro al lado de la puerta verde, la esperaba a la salida de la escuela una figura toda vestida de negro, con una mantilla amarrada bajo el mentón, sonriendo, sin dientes. El cráter concéntrico de arrugas que delineaba lo que había sido su boca se entrecerraba como el vientre de una medusa, mascullando silenciosas palabras secretas. Hacia su rostro, pálido y translúcido como la cera, se elevó lentamente su mano huesuda, como una invitación que emulaba, espectral, la de quien viene a llevarse a una niña de regreso a casa.





Geraldina Mendez

Pianista y cantante caraqueña, residente en Quebec, Canadá. Magíster en Bellas Artes, especialidad piano, Academia Nacional de Música de Ucrania «P.I. Tchaikovsky» (1999). Mención de honor en el Concurso de Poesía “Ramón Palomares” de la II Bienal de Escritura del Ateneo de Escuque (1993) y tercer lugar en el renglón Poesía del III Premio Nacional de Literatura Rafael María Baralt (2015). Miembro activo del Bloomsday Montreal.

 

 




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