La cena
Sé que te da igual que
yo coloque los platos sobre la mesa desnuda, que no te importa si el frío de la
madera traspasa la cerámica de los platos y cale hasta el hueso de la pata de
pavo bañada en la salsa de aquella receta que obtuve a través de ti. Pero yo
creo en el poder de los detalles. Por eso cubro la mesa con el mejor mantel de
la casa, sirvo sobre la mejor vajilla, visto mi mejor pinta para que esta cena
resulte, de algún modo, inolvidable. Y el hecho de no tener un lugar dónde escapar
es tan definitivo como el acto de estar aquí sentado al frente de ti, con la
comida servida y presto a disfrutar de esta velada sin que mi mente trascienda
más allá de las maravillas que contienes. Por supuesto, esta vez tampoco
probarás bocado y yo fingiré que lo devoro todo. Alzo mi copa de vino, sonrío y
me detengo un segundo para que puedas esculpir mi imagen en tu memoria y no se
extravíe en el próximo giro de este mundo de locos que se despedaza allá
afuera. Tal vez no te lo había dicho antes, pero me encanta tu energía casi
inagotable y toda esta luz que derramas sobre mi cara (como iluminándome la
vida) y que va por la casa sacudiendo tantas sombras acumuladas en las paredes,
en el techo, en el suelo del cuarto, en fin, en todas partes. Y tu calor, ese
que posas como un pajarito sobre mi mano y se me trepa por el cuerpo con ganas de hacerme nido los ojos. Amo lo
que haces ahora, recordarme cosas de otros tiempos. ¿Recuerdas ese viaje a La Tortuga?
Yo lo recuerdo perfectamente. Las carpas, los paseos, los nuevos amigos y el
mar saltando de contento durante los viajes en lancha. ¿Ah, y ese viaje a
Buenos Aires en 2015? ¡Cómo se mezcla la arquitectura entre sus calles! El Obelisco,
la Plaza de Mayo, el colorido barrio La Boca, las ardientes gradas de La
Bombonera, Puerto Madero y el barrio Núñez con su Monumental grito de blanco y
rojo. También me haces recordarlos: a Manuel, con el verbo encendido
conversando sobre música hasta un punto que mi comprensión jamás alcanzará,
pero confieso que disfruté de cada melodía, cada contrapunto, cada armadura de
clave que su boca proyectó. A Jonathan, con sus visitas imprevistas, sus locas
anécdotas de Casanova y su manera de desplomarse sobre cualquier mueble después
de unos tragos. Y a ella, a Clara, que por años supo disimular los vacíos de
esta casa, multiplicando su cuerpo en cada esquina, en cada habitación, sobre
la mesita de la cocina, sobre el sofá de la sala, sobre mi cama que hoy se ha
reducido a un desierto de sábanas y colchas sucias. Ya es tarde. Ya he recogido
la mesa y lavado los platos. Es mejor conectarte al cable de nuevo, antes de
irme a dormir. Tal vez, alguien se anime a llamar por la mañana.
Caracas, 1984. Egresado en Comercio exterior
de la Universidad Simón Bolívar. He realizado talleres de narración, cuentos, ensayos, crónicas y poesía
con los escritores Fedosy Santaella, Roberto Echeto y Oriette D’ Angelo, entre
otros. La
Editorial Barra Libro Editores publicó cinco de sus cuentos en su libro de
antología del nuevo cuento Venezolano titulado Desarraigo olvidado y
permanencia triste. Actualmente reside en Caracas.





Excelente narrativa. Un gusto leerte.
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